Narciso, el Extasiado (Danza)

Narciso, El Extasiado

Nuestra identidad personal y el mito del mismo nombre, son los temas tratado por Isabel Croxatto en su obra Narciso, El Extasiado. Tuve la oportunidad de ver esta obra el día de ayer en el Teatro Municipal, junto con otros 130 espectadores -Isabel es una mujer que trae gente a sus graderías-, aún incompleta y con algunas escenas que debieron omitirse debido a la lesión que aún sobrelleva Isabel y que le impide bailar.

El montaje se alimenta de una escenografía cuidada e inquietante diseñada por Carlos Gallardo y a ratos goza de cuadros formidables, como una suerte de pas de deux entre un violinista y una bailarina multiplicada por una pléyade de imágenes especulares . La música fue también un punto alto de la obra, ejecutada en vivo incluyó improvisaciones para viola da gamba y algunas piezas en piano y percusión, acompañada de un sonido impecable a cargo de Pablo Contreras.

La obra, sin embargo, no termina de cerrarse: Narciso adolece de un hilo conductor explícito y se queda en la presentación de cuadros aparentemente inconexos, preguntas sobre la identidad del artista, la relación entre el bailarín y el espejo, la interacción de la danza con el público y sus múltiples interpretaciones. Fragmentos de una estética refinada y pletórica de símbolos, pero que parece circunscribirse permanentemente a la retórica y a la reflexión interna desde el arte hacia el arte, en un discurso más bien ajeno al espectador: mi identificación y conexión emocional con la obra se vio siempre limitada, salvo algunos pasajes de excepcionalidad sonora.

Tras finalizar, la respuesta del público fue más bien tibia, con un aplauso que se prolongó en un reconocimiento a la trayectoria de la compañía y al riesgo que siempre significa apostar por la danza contemporánea, abriendo y explorando nuevos espacios y lenguajes, en un país con tan pequeña tradición coreográfica como el nuestro.


Isabel Croxatto

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