La Compañía de Papel (premiada con el Altazor 2009) se ha atrevido a desempolvar su obra "Despobladores", realizando un premontaje el fin de semana recién pasado en el Centro de Extensión Quinta Normal. Su director, Andrés Cárdenas, volvió a asumir un rol interpretativo a dúo con la bailarina Bárbara Achondo, en una obra que destaca por su intensidad y compromiso actoral.
Lo que vimos este fin de semana fue una obra inconclusa, una pausa en pleno proceso constructivo con el fin explícito de solicitar retroalimentación antes de continuar. Y es que Despobladores quiere reinventarse, redescubrirse a partir de la mirada del público y dar un paso más en el hilo narrativo hacia la resolución de sus temas y conflictos.
El título de la obra alude al texto "El Despoblador" de S. Beckett, al que parafrasea verbalmente y del cual recrea cierta actividad frenética de cuerpos luchando por escapar de sí mismos, en la búsqueda de una vía de redención y liberación. Una búsqueda que no es individual, sino comunitaria, confinada a dimensiones espaciales conocidas y que se narra coreográficamente como la historia de una pareja que desea desprenderse del recuerdo y las ataduras que ha dejado el otro.
Así, la imposibilidad de escape, se transforma en retorno cíclico, el hilo narrativo tuerce su orden cronológico y los pasos se repiten en un sinnúmero de combinaciones:
'Estancia donde los cuerpos van buscando cada cual su despoblador. Asaz amplio que permita buscar en vano. Asaz estrecho para que toda escapatoria sea vana'
Aunque escenográficamente se construye a partir de elementos mínimos -un muro, un rayo de luz, una carta-, la interpretación basta en ciertos pasajes para constituir una experiencia dolorosa. ¿Cómo rehacer la confianza? ¿Cómo resarcirnos del daño? ¿Cómo alejarnos de quien amamos?. Hay imágenes bellas que merecen ser rescatadas: un muro fragmentando la gravedad, nudos que bregan por desatarse, luces que ocultan todo excepto el objeto amado; así como otros pasajes que precisan ser recortados o mejor contextualizados.
La música en vivo agrega mucho valor a la obra, sonidos análogos y electrónicos ricos en texturas, dibujan una atmósfera liviana y nos sitúan en la contemporaneidad. Ayudó en ciertas interpretaciones en solitario que se hacen extensas. Los momentos más altos son los de entramadas interacciones entre los protagonistas, los ojos emocionados de quien siente el desgarro en cada nueva puesta en escena.
Vale la pena esperar el resultado de este proceso, para ver cómo se articulan y transforman las escenas en un todo con un hilo conductor un poco más evidente y sus emotivos cuadros en el reflejos de nuestras propias cadenas y nuestro anhelo de liberación.









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