Lo de Cat Power fue magia pura. Bastaron las dos primeras notas de su voz para que olvidáramos la lluvia, el frío y una larga fila a la intemperie. Una puesta en escena mínima fue un fiel reflejo de la sencillez con que Chan Marshall se presentó ante su emocionado público, (compuesto de admiradores personales y algunos acompañantes).
Chan ingresó al escenario que lucía particularmente espacioso (ataviado tan solo con una malla negra !) e inmediatamente lo atiborró con su encanto. Sin necesidad de introducción alguna, nos sumergió inmediatamente en la atmósfera nostálgica de sus canciones y nos llevó de paseo por aquel territorio suyo en que conviven el folk y el blues.
The Dirty Delta Blues Band, estuvo siempre a la altura del evento, incluyendo un tecladista ‘showman’ y un baterista absolutamente de lujo. La banda funcionaba como un todo al que Chan se acoplaba intermitentemente. El tempo iba disminuyendo y nos sentíamos inmersos en la densa bruma de un bosque perfumado, de cuya espesura sólo brotaba una guitarra quejumbrosa. Chan cantaba impostando hechizos que diseminaba entre los asistentes y quebraba con su voz el ritmo del blues, desarticulándolo y haciéndolo estallar en mil mariposas nocturnas y en un jardín de rosas rojas.
La ilusión se desvaneció durante unos minutos hacia la mitad del espectáculo. Algunos problemas de audio rompieron el hechizo y nos vimos despertando del sueño antes de lo esperado. Fue en ese momento en que Chan improvisó algunas versiones de sus temas más populares (The Greatest, Lived in Bars), logrando recapturar al público y continuar con un repertorio basado principalmente en covers (muchos de ellos aún inéditos).
Con un incomparable cover de “Angelitos Negros”, llegamos a un éxtasis absoluto: una versión desgarradora, una Chan completamente abandonada a la pasión contenida en sus rimas y una banda que anunciaba ya el nirvana, ya el apocalipsis. Así nos fuimos a un intermedio largo, cinco minutos con un riff de fondo y todo el Caupolicán aplaudiendo y ansiando su retorno.
Después de tres nuevas canciones, cerró el show regalándonos una versión de “I don´t blame you” y como último acto de magia, transformó al mismísimo teatro en un colorido jardín, lanzando una veintena de rosas al público, para colmo de nuestro regocijo.
Volvimos a la lluvia bajo la dulce influencia de esta sencilla y apasionada mujer de Georgia. Y a medida que nos alejábamos del Caupolicán emocionamos una vez más, junto a ella, la melancolía y el desamor del que se embeben sus canciones.








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